jueves, 2 de abril de 2020

Resistiré



sábado, 8 de febrero de 2020

On Boxing de Joyce Carol Oates





Cuando veo sangre me convierto en un toro.
MARVIN HAGLER

No tengo la pretensión de justificar el boxeo como deporte porque nunca lo he considerado un deporte.

No hay nada fundamentalmente lúdico en ello; nada que parezca pertenecer a la luz del día, al placer. En sus momentos de mayor intensidad parece contener una imagen de la vida tan completa y potente —belleza de la vida, vulnerabilidad, desesperación, coraje incalculable y a veces autodestructivo— que el boxeo es la vida, y difícilmente un simple juego. Durante un combate pugilístico de altura (Ali - Frazier, por ejemplo) nos sentimos profundamente conmovidos por la comunión del cuerpo consigo mismo a través de la intransigente carne de otro. El diálogo del cuerpo con su personalidad-sombra… o con la Muerte. El béisbol, el fútbol, el baloncesto: esos pasatiempos tan esencialmente norteamericanos son deportes de fácil reconocimiento porque implican juego: son juegos. Se juega al fútbol, no se juega al boxeo.

Al observar deportes de equipo, equipos de hombres adultos, uno ve cómo los hombres son niños en el sentido más dichoso de la palabra. Pero el boxeo, en su ferocidad elemental, no puede asimilarse a la niñez. (Aunque hay hombres muy jóvenes que boxean, incluso profesionalmente, y muchos campeones mundiales se iniciaron en el boxeo en los primeros años de su adolescencia. Cuando tenía dieciséis años, Jack Dempsey, desarraigado y a la deriva en el Oeste, peleaba por pequeñas sumas de dinero en salas de boxeo sin árbitro en las que —siguiendo el orden natural de las cosas— podría haber encontrado la muerte). Los espectadores de juegos públicos extraen gran parte de su placer al recrear las emociones colectivas de la niñez, pero los espectadores de los combates de boxeo reviven la infancia homicida de la raza. De ahí el salvajismo ocasional de las masas de aficionados al boxeo —la muchedumbre, mayoritariamente hispana, que lanzó gritos de júbilo cuando el galés Johnny Owen perdió el sentido a manos del campeón peso gallo, el mejicano Lupe Pintor, por ejemplo— y la excitación que se produce cuando un hombre empieza a sangrar en serio.

Cuando habla de sangre, Marvelous Marvin Hagler habla de la suya, por supuesto.

Considerado en abstracto, el cuadrilátero de boxeo es una especie de altar, uno de esos espacios legendarios donde las leyes de una nación quedan suspendidas: cuerdas adentro, en el transcurso de un asalto de tres minutos oficialmente regulado, un hombre puede morir a manos de su contrincante, pero no puede ser legalmente asesinado. El boxeo habita un espacio sagrado y depredador de la civilización; o, para emplear la frase de D. H. Lawrence, antes de que Dios fuera amor. Si ello sugiere una ceremonia salvaje o un rito expiatorio, también sugiere la futilidad de tales gestos. Pues, ¿qué posible expiación es el combate librado si ha de ser en breve librado otra vez… y de nuevo una vez más? El combate de boxeo es la mismísima imagen —la más aterradora, por ser tan estilizada— de la agresividad colectiva de la humanidad, de su continua demencia histórica.

Y hasta aquí.

¿No te recuerda a cierto artículo que me enviaste sobre los toros?


martes, 31 de diciembre de 2019

Caro amico ti scrivo





No; tate, tate, folloncico; no soy el rala barba del video. Aunque podría serlo, no digo yo que no; dame unos años y ya veremos que hace conmigo el tiempo. Como sigo fumando, bebiendo y llevando una reposada mala vida, cualquier cosa es posible.

A lo que iba, que siempre me pierdo en disquisiciones absurdas, como bien sabes soy poco de Navidades y demás zarandajas pseudoreligiosas, si me das a elegir fiesta me pongo del lado de la Semana Santa, al menos en esa celebración hay un asesinato. Y eso, muchacho, siempre es un aliciente. Aunque el finado no sea del todo inocente… Lo dicho, que ya iba siendo hora que el mejor peso welter que ha dado Vikalvaro (rectificación de última hora, superligero, quién lo diría de semejante vaca en brazos), se bajase del ring, se quitase los guantes y se pusiese a escribirte y, bueno, estas "señaladas fechas" son tan buenas como cualquier otras.

Está visto que no entras con optimismo al Nuevo Año, deduzco, tus motivos tendrás; “it's what it is” -que diría Joe Pesci - no seré yo el que te anime, bastante tengo con lo mío, pero recuerda, no diviertas a esa panda de mamones contando tus penas. Que se jodan. Cabeza alta y manos en los bolsillos para que no sepan en cuál de ellas llevas el puñal. Que los divierta su puta madre. Aptitud. Todo el mundo pasa una mala racha, lo importante es salir de ella con la mala reputación indemne. ¿Imaginas a Luca Brasi lamentándose de su mal hado en guata ajena? No, muchacho, no; hay que tener aptitud. No es un consejo, ¿o sí? en cualquier caso sabes de quien viene, así que tómalo con las debidas precauciones.

"¿Para decir esta gilipollez me manchas el Blog?" -dirás- Pues sí. ¿¿¿Qué pasa??? ¿Tienes algún problema o quieres tenerlo? Cuidado conmigo que sigo sin pelear limpio. Y si estás pensando en echarme del Blog, que sepas que de mejores sitios me han echado. Incluso sobrio. Si querías alguien que escribiese algo con hondura y profundidad, haber invitado a un espeleólogo. Rancio. Que eres un rancio.

Y todo esto para mandarte un enlace de youtube. Hay que joderse. El video que te adjunto no lo he traducido; trabajo en balde, todo el mundo sabe desde tiempos de la enciclopedia (la de Gustavo de las Heras y Luis Arroyo, no la de Diderot y D'Alembert) que el italiano es un idioma muy parecido al español…

Ah, se me olvidaba, pasa un buen año muchacho, o, al menos, pásalo. 

Y ahora, como no espero réplica, me voy a comprar tabaco.

Los tipos duros no bailan - Norman Mailer






Nunca había tenido tantas ganas de discutir con mi padre como entonces. No hay mayor tristeza que la de estar sentado,. con el cerebro medio atontado, con el torso y las extremidades laceradas, todo tu ser ardiendo y pesado como el plomo, y el corazón rebosante de consternación por haber perdido una pelea que todos decían que merecías ganar. Por eso, con la boca hinchada y una arrogancia que mi padre debió de considerar fuera de lugar, dije:

— Mi error fue que no bailé. Hubiera debido bailar desde el principio, boxeando sin parar, acorralándole. -Moviendo las manos, añadí-: Hubiera debido pelear así, ¡zas, zas!, esquivar, dar vueltas a su alrededor. Volver al ataque con golpes cortos, bailar alejándome de su alcance, bailar en círculo, ¡zas, zas!, ¡machacarle, machacarle, machacarle! -Hice un movimiento afirmativo con la cabeza, como aprobando tan excelente plan de ataque-. Y cuando lo hubiera tenido a punto, soltarle un buen directo.

Mi padre tenía la cara inexpresiva.

— ¿Has oído hablar de Frank Costello? -me preguntó.
— Uno de los gangsters más importantes -dije con admiración.
— Una noche, Frank Costello estaba sentado en un club nocturno, en compañía de su rubia, una chavala muy guapa, y en su mesa estaban también Rocky Marciano, Tony Canzoneri y Dos Toneladas Tony Galento. Una reunión de italianos. La orquesta tocaba. Y Frank va y le dice a Galento: «Anda, baila con Gloria.» Esto pone nervioso a Dos Toneladas. No le gusta bailar con la chica del gran hombre. ¿Y si la rubia se le arrima demasiado? Así que le dice: «Bueno, señor Costello, ya sabe que no soy un gran bailarín.» Y Frank le contesta: «Y una mierda, bailas muy bien. Baila con Gloria.» El caso es que se levanta y da un par de vueltas por la pista con la muchacha, manteniéndola muy alejada, y cuando vuelve con la chica a la mesa, Costello le pide lo mismo a Canzoneri. Tony saca a bailar a la rubia. Luego le llega el turno a Rocky Marciano. Éste es el único que se considera lo bastante importante para llamar a Costello por el nombre de pila, y le dice: «Señor Frank, ya se sabe que los pesos pesados no nos lucimos en una pista de baile.» Frank Costello le contesta: «Sal a la pista y baila con Gloria.» Mientras bailan, Gloria aprovecha la ocasión para decirle al oído: «Oye, hazme un favor. A ver si consigues que el tío Frank dé unos pasitos conmigo.» Terminado el baile, Rocky lleva a la chica a la mesa, sintiéndose un poco más relajado, en tanto que los demás ya se han tranquilizado. Comienzan a pinchar al gran hombre, con mucho cuidado, ¿comprendes?, sólo bromeando un poco: «¡Venga, señor Costello…!» «¡Vamos, señor Costello, complazca a la señorita!» Y Gloria le dice: «Sí, ¡por favor…!» Y los otros dicen: «Ahora le toca a usted, señor Frank. Pero Costello niega con la cabeza y dice: «Los tipos duros no bailan.»
Mi padre tuvo cuatro o cinco frases favoritas a lo largo de su vida, y era raro que no aprovechara la oportunidad de soltarle alguna. ínter Jaeces et urinam nascimur parecía ser la definitiva y la más triste; en cambio, la más alegre era: «No hables, que le quitas! el viento a la vela.» Pero durante mi adolescencia su frase habitual fue: «Los tipos duros no bailan.»!

A los dieciséis años, cuando era un chaval medio irlandés de Long Island, no sabía nada de los maestros del zen ni de sus; paradojas, pero si hubiera sabido algo, la frase de mi padre habría sido una paradoja para mí, pues no la entendí. Sin embargo, se me quedó grabada, y a medida que me fui haciendo mayor la encontré cada vez más significativa. Ahora, sentado en la playa de South Wellfleet, contemplando las olas que se estrellaban ante mí tras un viaje de miles de kilómetros, pensé una vez más en lo increíbles estragos que Patty Lareine había causado en mi personalidad. Como era de esperar, el agua de los pozos de mi compasión de mí mismo subió rápidamente de nivel, y consideré llegado el momento de dejar a un lado aquella paradoja, a menos que me fuera posible considerarla desde un nuevo punto de vista.

Seguro que mi padre, con aquella frase, quería expresar algo más profundo que la necesidad de hacer frente a la adversidad. algo tan profundo que no sabía o no podía explicar, posiblemente. Algo que, sin embargo, formaba parte de su código de conducta. Algo que quizá pudiera compararse a un solemne compromiso. Tal vez la filosofía de mi padre debía cristalizar en un principió tan escurridizo que aún no me había sido posible aprehenderlo.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Metáfora de lo que viene

Para localizar la metáfora es imprescindible hacer "clic" en la imagen o el pie de foto... 

lunes, 23 de diciembre de 2019

Blues del Boxeador

https://www.youtube.com/watch?v=w46MaHkf0rk

Hace tiempo que no sé de ti, muchacho. No lo vas a creer, pero no te llamo porque temo escuchar en tu teléfono la voz del enterrador. El caso es que cada año por estas fechas hago recuento y me sale tu nombre en los cinco dedos de cada mano. Supongo que eres un tipo entrañable del que cuesta prescindir. La última madrugada que compartí contigo en un garito a las fueras de la ciudad, una fulana me dijo que en tus brazos se sentía a salvo en casa y que el día que te perdiese, pillaría a medias un berrinche y un catarro. Ya sé que era una mujer de pago, muchacho, pero te conozco y sé que no miente. Recuerdo una noche en especial. Venías de prisión y traías en el coche la gasolina justa para pegarle fuego al hielo del whisky. Te saqué en mi coche a las afueras. Estuviste afectuoso y sincero, pero más triste que otras veces. La cárcel no es como ir de compras a un sitio con las ventanas plisadas. El boxeo te había endurecido durante años, pero habías cumplido los cincuenta y tu golpe más contundente era un apretón de manos.

Aquella noche a las afueras hablamos de tu mala estrella. Yo fingí ignorar que fingías no estar llorando. Me costó aparentar indiferencia y estuve tentado a darte un abrazo y mi consuelo, ¡joder!, pero luego pensé que hacer eso con alguien como tú, sería tan embarazoso como pasarle de soslayo el pañuelo de las narices a la Estatua de la Libertad vestida de entretiempo.

Se nos echa la Navidad encima, amigo, y no es bueno caminar solo y que nadie sepa que tu vida no es más que la de un tipo de paso cuyos pies le secan la lluvia al suelo del cementerio. Ya sé que más de una vez nos juramos no convertir la amistad en una familia y que cada cual arrastraría sus bártulos y se sentaría callado sobre el mármol de su sepulcro. Y que en ese sublime instante de lucidez y exhaustos los bolsillos, con las últimas monedas falsas nos jugaríamos a los chinos el pufo de las copas y las putas manos. ¿Recuerdas aquella noche triste a las afueras de la ciudad? Me dijiste que de niño soñabas vivir de blanco y que pasados los cincuenta y recién salido de la cárcel, lo cierto era que un gabán azul era tu única camisa blanca. ¡Maldito y admirado boxeador!, recuerdo que, siguiendo dudosamente la pintura de la carretera, te reconocí que alguien como tú se merecía una mujer que le forrase los bolsillos con la bolsa del pan. Y que, de todos modos, estábamos juntos cada dos calamidades y que, a ciertas horas, a solas en la carretera, nadie impide que soñemos viajar en un coche que imita el saxo de John Coltrane frenando a destiempo en las curvas. ¿Recuerdas, jodido pegador? ¿Recuerdas que aquella noche dejamos por popa entre la niebla, prendidas como brasas, las sobras incandescentes de la ciudad dormida? Con la luz del salpicadero, en tus ojos improvisaba la infancia.

Hace tiempo que es Navidad en El Corte Inglés y yo he malvendido aquel coche. Solo me dieron seis balas y un bocadillo. ¿Recuerdas, jodido encajador lo que me recomendaste a la salida de aquel garito? «Si de verdad tienes gana de pegarte con alguien que pueda darte un buen repaso, busca pelea donde estés seguro de no encontrarla. Deja la furia para después de la inteligencia, muchacho. Contén la rabia hasta que tu deseo de venganza sea inferior a tus fuerzas para satisfacerla. Si no eres un hombre prudente, amigo mío, prueba al menos a ser un hombre cansado». Sobreviví en los peores ambientes gracias a mi instinto para hacerte caso y salí malparado las pocas veces que ignoré su consejo. Pero también es cierto que gracias a mis errores descubrí que hay golpes en cuyo dolor, aplícate el cuento, va incluida la anestesia que te ayuda a soportarlos. Ocurre con la tenacidad al aguantar el dolor lo mismo que sucede cuando por la reiteración del hambre te das cuenta de que, además de la dignidad, has perdido también el apetito. ¿No hay acaso heridas que sólo duelen con motivo del esfuerzo de curarlas? ¿Y no es acaso cierto que el formidable placer de doce besos seguidos desemboca a veces en el asco insoportable del beso desdentado que está de más? Nadie está obligado a soportar con su absurdo heroísmo los golpes con los que alguien podría demoler el mármol de su estatua. En el lejano momento de mi vida en el que quise ser boxeador, me sugeriste que desistiese porque, «verás, hermano, la violencia requiere más convicción que el talento, de modo que en este jodido gimnasio o sacas los brazos o te comes las frases. Y yo creo –dijiste– que un tipo sensato como tú ha de ser lo bastante lúcido y cobarde para entender que sus dudosas proezas de boxeador sólo pueden ir a parar al brillante palmarés de otro hombre»

Espero que tu ausencia no sea nada. Sabes dónde me tienes. Podríamos salir a las afueras, con las escobillas del parabrisas santiguando la lluvia y el coche tan ligero, ¡Dios!, que bajo sus ruedas quede sitio para que desplieguen sus alas las mariposas…

Confío que no se te haya olvidado como hacer un puente.

José Luis Alvite  "El Faro de Vigo" y La Razón"

domingo, 15 de diciembre de 2019

Bud Boetticher por Manolo Marinero


https://www.youtube.com/watch?v=pQtgk6nsin0

Antes de ser director, Boetticher fue de joven boxeador. Una vez le tocó enfrentarse a otro púgil que le superaba en estatura, envergadura, peso, juego de cintura, técnica, pegada, esgrima, velocidad, instinto. capacidad de intuición y de encajar. Boetticher volvió roto a su rincón al fin del primer asalto. Exigió de su mánager el abandono o él mismo abandonaría. Aún estaba lo bastante consciente para darse cuenta de que era inútil continuar la pelea.

El preparador era de opinión contraria. Según él, Boetticher tenía ganada claramente la pelea. - "¿Por qué motivo?"- preguntó entrecortadamente Boetticher, que no podía respirar como es debido. -"Porque tu enemigo -contestó el preparador- va a abandonar, si le aguantas”. -"No va a abandonar, me va a machacar” contradijo Boetticher muy convencido. “Sí. Te va a machacar -aceptó el preparador- pero tú resistirás y entonces... -"¿Entonces, qué?" -preguntó Budd Boetticher, temiendo que su preparador se la tuviera jurada por alguna razón incomprensible, o fuera un bromista extravagante. -
Entonces estará desconcertado, después de haberte golpeado a placer siete u ocho asaltos, en la quijada y en el hígado, tumbándote dos o tres veces, alcanzándote siempre, viéndote delante de él, otra y otra vez en pie, deshecho pero tenaz, como si te rieras de ti mismo y de él por añadidura. Se dirá: soy mejor porque soy más alto. largo de brazos, con más peso y más ágil a la vez, más clase, se boxear mejor, pego más duro, ni me adivina las intenciones, y el golpe que me consiguió meter lo encaje sin sentirlo. Este chico era malo cuando subió al ring conmigo, y ahora está peor...". -
"No le dejaré que tenga que discurrir eso -dijo Boetticher- Mírale en su rincón: ya lo sabe. "-"Sí, pero se cree que te va a tirar en el próximo asalto y acierta. Lo que no sabe es que tú te vas a levantar cuantas veces haga falta. Llegará un momento en que crea que está peleando contra un loco. No le merecerá la pena seguir esforzándose en castigarte. ¿No te has dado cuenta de que tiene cara de inteligente? Un hombre inteligente no acepta continuaren una situación fuera de lógica. O se aburre, o se descuida, o se cansa y le entra el pánico de matarte, o algo parecido. Es inteligente y consciente de su tremenda superioridad sobre ti: tiene perdida la pelea".

Boetticher se llevó una terrible paliza, levantándose siempre cada vez que se sentía en la lona. Ganó la pelea, porque al noveno asalto, su rival poderoso, en forma, decidió abandonar. Quizás temía recibir a todos los hermanos de aquél pobre tipo en los vestuarios luego de la golpiza o empezaba a pensar que el boxeo era inhumano y le perdió en caliente toda la afición, o no estaba dispuesto a cargar todo su futuro con el recuerdo de un contrincante muerto en un hospital tras unas horas o días de coma.

Boetticher ganó el combate. Seguir peleando cuando se está perdido es ilógico para los poderosos, pero es necesario para los de abajo, los que van perdiendo, los que no manejan el tinglado. Fue la inexplicable y razonada argucia del preparador de Boetticher, y resume la moral de Bogart.

Años más tarde, Boetticher, envejecido y cansado, borracho y tirado en una noche cálida en una callejuela mejicana, destruido y consciente de estarlo, luego de haber hecho sin éxito ni recompensa diez excelentes westerns. sin ningún aliciente ni perspectiva real para no abandonarse, recordó los infames consejos de su preparador y salvó su vida.

Es la moral de Peckinpah durante el rodaje de "Grupo salvaje".

A mi hermano Carlitos. Vive la France y Valdepeñas tamién.



No sé cuántos años hace, quince o veinte. Yo estaba sentado en casa. Era una noche de verano muy calurosa y andaba aburrido.

Salí y anduve calle abajo. La mayoría de las familias ya habían cenado y estaban viendo la televisión. Subí hasta el bulevar. Al otro lado de la calle, había un bar de barrio, un viejo establecimiento decorado en madera, pintado en verde y blanco. Entré. Después de una vida gastada por los bares, les había perdido casi todo el gusto. Cuando quería beber algo, normalmente iba a una licorería, lo compraba, me lo llevaba a casa y me lo bebía solo.

Entré y elegí un taburete alejado de la masa. No es que me sintiese incómodo; me sentía fuera de lugar. Pero si quería salir de casa, no tenía otro sitio adonde ir. En nuestra sociedad, la mayoría de los lugares interesantes son contrarios a la ley o carísimos.

Pedí una cerveza y encendí un cigarrillo. No era más que un bar de barrio como otro cualquiera. Todo el mundo se conocía. Contaban chistes verdes y veían la tele. Sólo había una mujer, vieja, vestida de negro, con una peluca roja. Llevaba una docena de collares y no hacía más que encender el mismo cigarrillo una y otra vez. Me empezaron a entrar ganas de estar de nuevo en casa y decidí largarme de allí en cuanto acabara la cerveza.

Entró un hombre y se sentó en el taburete contiguo al mío. No alcé la vista, no me interesaba, pero, por la voz, calculé que debía de tener mi edad. En el bar le conocían. El camarero le llamó por su nombre y un par de habituales le saludaron. Se sentó allí a mi lado y estuvo con su cerveza tres o cuatro minutos.

Luego dijo:

—Hola, ¿qué hay?

—Nada de particular.

—¿Es usted nuevo en el barrio?

—No.

—No le había visto por aquí antes.

No contesté.

—¿Es usted de Los Angeles? —preguntó.

—Más que de ningún otro sitio.

—¿Cree que los Dodgers ganarán este año?

 —No.

—¿No le gustan los Dodgers?

—No.

—¿Quién le gusta a usted?

—Nadie. No me gusta el béisbol.

—¿Qué le gusta?

—El boxeo. Los toros.

—Las corridas de toros son crueles.

—Sí, cuando se pierde, todo resulta cruel.

—Pero el toro no tiene ninguna oportunidad.

—Nadie la tiene.

—Es usted muy negativo. ¿Cree en Dios?

—En su clase de dios, no.

—¿Pues en qué clase?

—No estoy seguro.

—Yo he ido a la iglesia desde antes de tener uso de razón.

No contesté.

—¿Puedo invitarle a una cerveza? —preguntó.

—Desde luego.

Llegaron las cervezas.

—¿Leyó hoy los periódicos? —preguntó.

—Sí.

—¿Leyó lo de las cincuenta niñas que murieron en el incendio de ese orfanato de Boston?

—Sí.

—Horrible, ¿verdad?

—Supongo que sí.

—¿Lo supone?

—Sí.

—¿No lo sabe?

—Supongo que si hubiera estado allí, habría tenido pesadillas durante el resto de mi vida. Pero es muy diferente cuando uno se limita a leerlo en los periódicos.

—¿No siente lástima por las cincuenta niñitas que murieron abrasadas? Colgaban de las ventanas, gritando.

—Supongo que fue espantoso. Pero usted lo vio sólo como un titular de un periódico, una noticia de un periódico. Yo en realidad no pensé mucho en ello. Pasé la página.

—¿Quiere decir que no sintió nada?

—En realidad no.

Se quedó un momento en silencio y yo bebí un poco de su cerveza. Luego, gritó:

—¡Eh, aquí hay un tipo que dice que no sintió puñetera cosa cuando leyó lo de las cincuenta huerfanitas que murieron abrasadas en Boston!

Todo el mundo me miró. Yo miraba mi cigarrillo. Hubo un minuto de silencio. Luego la mujer de la peluca roja dijo:

—Si yo fuera hombre, le sacaría a patadas en el culo a la calle.

—¡Y además, no cree en Dios! —dijo el tipo que estaba a mi lado—. Y no le gusta el béisbol. Le gustan los toros, ¡y le gusta ver morir en un incendio a las huerfanitas!

Pedí al camarero otra cerveza. Para mí. El camarero puso el botellín a mi lado con repugnancia. Había dos jóvenes jugando al billar. El más joven de los dos, un chaval grande, con camiseta de manga corta blanca, dejó el taco y se me acercó. Se me plantó detrás inspirando con fuerza, llenándose los pulmones, procurando que su pecho pareciese más grande.

—Este es un bar decente. Aquí no se admiten gilipollas. Les echamos a patadas. ¡Les damos una buena zurra para que no vuelvan a asomar las narices por aquí!

Notaba su presencia a mi espalda. Alcé la botella y vertí la cerveza en el vaso, la bebí, encendí un cigarrillo. Con pulso bien firme. El siguió un rato allí plantado, después volvió por fin a la mesa de billar. El tipo que estaba sentado a mi lado se levantó del taburete y se trasladó más allá.

—Ese hijo de puta es negativo —le oí decir—. Odia a la gente.

—Si yo fuese un hombre —dijo la mujer de la peluca roja—, le daría una lección. No puedo soportar a esa clase de cabrones.

—Así es como hablaban los tipos como Hitler —dijo alguien.

—Asqueroso gilipollas.

Terminé la cerveza, pedí otra. Los dos jóvenes seguían jugando al billar. Algunos se fueron y empezaron a apagarse los comentarios sobre mí, salvo los de la mujer de la peluca roja. Estaba más borracha que antes.

 —¡Pijotero, pijotero..., eres un pijotero asqueroso! ¡Apestas como una alcantarilla! Seguro que odias también a tu padre, ¿verdad? A tu patria, a tu madre y a todo el mundo. ¡Puaf, os conozco muy bien a los tipos como tú! ¡Gilipollas, cobarde, asqueroso!

Por fin, hacia la una y media, se fue.

Luego se marchó uno de los chavales que jugaban al billar.

El de la camiseta blanca de manga corta se sentó al extremo de la barra y se puso a hablar con el tipo que me había invitado a una cerveza.

A las dos menos cinco, me levanté, despacio, y me marché. Nadie me síguió. Subí por el bulevar, llegué a mi calle. Estaban apagadas las luces de las casas y de los apartamentos. Llegué hasta mi casa. Abrí la puerta y entré. En la nevera había una cerveza. La abrí y me la bebí.

Luego, me desvestí, fui al cuarto de baño, meé, me cepillé los dientes, apagué la luz, fui al dormitorio, me metí en la cama y me dormí.

sábado, 14 de diciembre de 2019

Alfa y omega


https://www.abc.es/cultura/libros/abci-reeditan-todos-versos-manuel-machado-poeta-mas-leido-poetas-201909160051_noticia.html


Cabe la vida entera en un soneto   

empezado con lánguido descuido,

y, apenas iniciado, ha transcurrido

la infancia, imagen del primer cuarteto.


 Llega la juventud con el secreto

de la vida, que pasa inadvertido,

y que se va también, que ya se ha ido,

antes de entrar en el primer terceto.



Maduros, a mirar a ayer tornamos

añorantes y, ansiosos, a mañana,

y así el primer terceto malgastamos.




Y cuando en el terceto último entramos,

es para ver con experiencia vana

que se acaba el soneto… Y que nos vamos.




lunes, 4 de noviembre de 2019

El perro de San Roque...




Nunca he sido de gatos, ni de perros, ni de bichos en general. Y que me disculpen los agricultores.

Bien sé que los urbanícolas que ejercen de ecologistas me condenarán. Y es bueno que así sea.

Para nada soy de mascotas y sin embargo siempre he sido muy de santos.

La rusticidad me vence en esto también.

Cada santo trae su octava, he oído desde chico.

Y no pocos, además vienen con su animal de compañía.

Es fama que San Antonio de Padua se marchó a predicar a los peces, al ver que no tenían éxito las prédicas entre sus paisanos. Aunque nunca he logrado averiguar si lo hizo antes o después de protagonizar su célebre milagro con los pájaros.

En unos días celebraremos la festividad de S. Hugo de Lincoln, del que se cuenta, que amansó a un cisne muy salvaje, que desde entonces, le acompañó siempre y le defendió frente a los extraños con esa fiereza que sólo un cisne puede exhibir.

El lobo de Gubio, otra fiera terrible que diezmaba rebaños con la misma facilidad que atemorizaba a las gentes, fue convertido por San Francisco de Asís en su dócil y fiel hermano lobo.

¿Y qué sería de San Antón sin su célebre cochino?

Últimamente, la actualidad local anda copada por los gatos. Y las gatas claro. Muy en particular, por una de nombre primaveral para entendernos.

En el útimo pleno, para mayor gloria de Micifuz, sin casi solución de continuidad, pasamos de la preocupación por la supervivencia de las colonias felinas, a una velada alusión de dudoso gusto, a cuenta del aparente trastorno de desdoblamiento de la célebre minina floreada.

Y aunque sigo sin ver la necesidad, quizá como mero entremés, hasta se nos llegó a instruir largo y tendido sobre las deposiciones de las aves columbiformes.

Y todo en ese plan.

Estamos perdiendo el oremus. 

Como las palomas, no soy yo de gatos, pero como soy muy de santos me ha dado por acordarme de un perro.

Del más famoso perro que santo alguno haya tenido nunca.

Del mítico perro de San Roque.

El del trabalenguas, justamente.

Ahí es nada.

El perro de San Roque no tendrá rabo, pero tiene su historia.

No es un perro cualquiera.

Para empezar tiene nombre: se llama Melampo.

Por si alguno tiene la curiosidad, lo de Melampo le viene del griego y significa "el de los pies negros".

Melampo fue también un adivino al que el mismo Hesíodo llegó a componer un poema: la Melampodia.

No hace falta ser un adivino, como ese Melampo que con sus negros pies rondaba a San Roque, para darse cuenta de que la máxima autoridad local estuvo muy desafortunada con su alusión gatuna.

Pero aún aceptando lo suyo como un yerro, no dejo de congratularme al constatar que todo pudo haber sido mucho peor.

Sólo imaginar la voz de nuestro primer edil al reconvenir a cualquier munícipe recitando aquello de "el perro de San Roque..."  llama necesariamente a solaz y deleite de discretos.

De haber llegado a consumar tal osadía, aseguro que en ese mismo instante, habría perdido por completo su impostada fiereza.

Y así, lo mismo que el de Lincoln con el cisne, o el de Asís con el lobo, cualquier piadosa alma cándida, aun sin su cochino, lo habría adoptado ipso facto como dócil animal de compañía.

Con plena exención de la tasa correspondiente, atendido el evidente fin social del asunto.

Afortunadamente, San Roque, tan comprensivo siempre con el atrevimiento de Ramón Rodríguez, ha tenido además a bien evitarnos tamaña frivolidad, en boca de nuestra más alta autoridad.

Lo que es muy de agradecer por lo que dice de su divina intercesión.

Así pues, sospecho que en adelante, seguiremos disfrutando en el salón de plenos de eso que llaman política en estado salvaje y que ahora valdrá por asistir a la octava del santo los primeros lunes de cada mes.

Como hoy toca, en vez de Hesíodo, he preferido deleitarme con este delicioso video que sin nombrarlo, dedica a Melampo, Rosa León. Solo ella, tan de izquierdas siempre como de nunca tonta, logra con su arrullo poético, abstraerme de polémicas vanas para devolverme a la más tierna niñez.

Ya me contarán luego, si a bien lo tienen.

Dios les guarde a todos y todas.

Sobre todo de los gatos.

Eso sí, disfruten de Catulo.

Y feliz día de San Carlos.

Vale

sábado, 12 de octubre de 2019

Volver...


Cual arpa de la rima becqueriana yace este bló, necesitado de entradas que no llegan  porque su huésped, de por sí reservado y algo hosco, más por timidez que por desdén o misantropía, es hombre poco dado a públicas efusiones.

Quizá ese sentido déficit de sociabilidad explique mejor que nada mi ingenua disposición para integrar una lista electoral las pasadas elecciones municipales, con tanta ilusión como inútil afán.

La experiencia, lejos de reconfortante y adecuada para paliar esos primeros conatos de insociabilidad que tan unidos se me antojan a la propia evolución personal, ha servido para agudizar mi desconfianza en el ser humano.

Y es que, por más que las cosas casi nunca resulten como uno las espera, incluso en estos desengaños también hay escalas de intensidad variable.

La digestión del episodio está siendo lenta y sólo cuándo haya acabado estaré en condiciones de recuperar las muchas plumas que he perdido en esta gatera.

Mientras, sospecho que no van a faltar ocasiones para pequeñas escaramuzas, como la que hace unos días, me llevó a dirigir a un conocido medio, el escrito que abajo dejo para público conocimiento.

Consten mi agradecimiento por su publicación y mi brindis a los medios.

Desde el ruedo.

Vale.

martes, 7 de abril de 2015

Sócrates, ingenuidad y mala uva



El hombre es "mu" malo y no por genética, es que le va la marcha cuando intuye una ventaja en el horizonte. Como además cada vez es más antojadizo, los códigos morales definitivamente se la petan. Y como para colmo, la pluralidad social le obliga a un diálogo permanente, que defina un consenso mínimo sobre los estándares éticos aceptables, pasa del rollo y el que venga atrás que arree.

Cuándo crío, me molaba Sócrates y su idea de que la eterna ingenuidad moral del hombre se curaba con conocimiento. Tararí que te ví. Con conocimiento, lo que se perfecciona sin duda es la manera de obrar mal, e incluso (sino sobre todo), de obrar mal para que parezca que se obra bien. Y eso último, "el parecer como que", es al final la constante que mejor calibra el comportamiento humano.

Sócrates, por encima de cualquier cosa, quería parecer sofista para que sus opiniones fueran aceptadas por la gente bien y él se convirtiera en referente de autoridad. Pero los sofistas, que eran unos tipos muy serios y le tenían muy "calao", se choteaban en sus barbas de las ocurrencias de Sócrates (que en el fondo no les aguantaba dos asaltos dialécticos) y por eso, jamás lo aceptaron como uno de los suyos.

Y claro, de ese berrinche sin curar de Sócrates, que se sabía débil y encima era soberbio hasta decir basta, nos vienen nuestras desgracias.

Porque hay siempre un Platón zangolotino y taimado al lado de cada Sócrates llorón, para reforzarlo en su idea de ser filósofo en vez de alfarero, pongo por caso; cuándo todo se podría haber resuelto en ese momento, encauzando la energía creativa de Sócrates hacia un fin más productivo que le deparase provecho análogo y dónde nadie le negara su auctoritas, "haciendo como si" se la reconocía.

Pero en vez de reorientarlo profesionalmente, Platón le comió la oreja para hacerle creer que no tenía rival y además debía dedicarse "full time" al estudio de lo bueno, lo justo y lo bello. Y Sócrates, encantado claro, aceptó esa misión y con ella la evidencia, para otros paradoja cuando menos, de que si bien el hombre es ingenuo, la sociedad sin duda es culpable. Más que nada, de todas las desgracias que la acechan por no seguir los consejos del sabio faltaría más, que al final de eso se trataba, oiga.

Que, cuándo el déspota de turno le dió vela en el entierro de Siracusa, demostrara de sobra, cómo una sociedad entera iba directa al caos en el momento en que se dejaba iluminar por las consejas de Platón, tampoco podía ser responsabilidad del sabio; pues a su entender, las ideas habitan felices en su mundo propio y es inevitable que se perviertan con el manoseo de unos seres mortales e impuros.

Al final, si se piensa un poco, lo único que importaba a Sócrates era dejar su impronta a cualquier precio, como un "influencer" hodierno cualquiera. Y si tomó la cicuta desafiante pudiendo salir por piernas, no es porque encarnara el héroe que Platón nos ha querido vender, sino más bien porque se comportó como lo que en verdad era: el redomado farsante y el genuino impostor ayuno de cualquier razonamiento con sustancia, que con tal de llevar razón y ganar una discusión, hasta era capaz de usarse a sí mismo como argumento "ad hominem" ; algo vetado por principio en cualquier debate sofista mínimamente serio.

"Ponle un gallo a Asclepio", decía el figura ya agonizante, pretendiendo "èpater le bourgeois" con su pretenciosa y oscura despedida.

¿Un gallo?

Una jaula de grillos era la chaveta de Sócrates. Pero así seguimos hoy, poniéndole hojitas de lechuga a unas ocurrencias negras como grillos, mientras nos regodeamos alabando como  canto, lo que ni siquiera llega a gallo de grillo.

Me excusaré de contar aquí aquella bizarra manera de cazar grillos cuándo chicos, que hasta podría considerarse corrupción de la infancia con los códigos  hoy vigentes.

Me temo eso sí, que saberes poco platónicos pero efectivos en sus cometidos primarios, corren más que serio riesgo de desaparición porque no son precisamente del agrado de los sócrates y platones al acecho, para quienes todo lo provechoso va en contra del celoso culto a lo inútil que pretenden imponernos como puristas guardianes de sus ortodoxias "bellas" .

Y es que, insisto, el conocimiento está sobrevalorado y aunque nunca ha sido un problema de educación el hacer el mal, gracias a la tabarra de Platón todo sea dicho, se ha conseguido que se haga el mal cada vez más educadamente. Que para eso está la pedagogía, supongo

jueves, 4 de septiembre de 2014

Sorbo del tiempo



Tenemos el destino de las uvas:
morir para dejar pobre memoria
de una lluvia otoñal,que transitoria
va al cóncavo sigilo de las cubas.

Tenemos el destino de los mostos:
vivir para la pena y la alegría
y ganar esperanza cada día
en el rojo latir de los agostos.

Somos la vid del sueño y su cosecha,
nos deshacemos en la luz estrecha
de un lagar que macera nuestra vida.

Y tenemos el mágico destino
de la uva que muere vuelta vino.
Luego, de un trago el tiempo nos olvida.

                   Leopoldo de Luis, Valdepeñas, 1995

 

domingo, 8 de junio de 2014

Invitación a la danza



Invitación a la danza, primera película de Gene Kelly como director allá por la década de los cincuenta, me ha fascinado desde que en uno de esos ciclos de cine tan recurrentes en tve, un buen día tuve ocasión de disfrutarla. 

Lejos de ser una película al uso, en un ejercicio de estilización incomprensible para su época, Kelly se propuso crear la primera película sonora y muda de la historia. El hombre que se había reído de los inicios del cine sonoro al recrear el ambiente de esa compleja transición técnica en "Cantando bajo la lluvia", retomaba en cierto modo el mismo recurso argumental, pero esta vez desde un prisma decididamente nostálgico.

En "Invitación a la danza" no hay un sólo diálogo y los tres episodios en que se articula, recurren tan sólo al acompañamiento musical para remarcar las coreografías del protagonista. Todo en la película es sutil y etéreo porque la falta de diálogos permite un permanente juego de evocación, elevado y ligero pese a la compleja elaboración que se adivina, pero a la vez moderno y rompedor: seguro estoy que aunque ninguno de ustedes  conozca la existencia de la cinta en algún momento de su vida ha disfrutado con el dúo de baile con el ratón Jerry en dibujos animados.  

Ni que decir tiene que constituyó uno de los mayores fracasos de Gene Kelly que pudo así comprobar en carne propia los esquivos lances de la fortuna.

Pero no he venido aquí para hablar de cine, habiendo gente más preparada para ello que todos tenemos en mente.

Mi motivo es tan prosaico como aprovechar el título de esa película para mi primera entrada en este bló y confiando en que la suerte me sea más propicia que a Gene Kelly, advertirles a todos, que pienso dejarme caer frecuentemente en la nostalgia.

Esta es por tanto mi invitación a la danza, y no tema nadie experimentos vanos: aquí la melodía de la vida irá acompañada por el diálogo entre amigos.

El argumento lo acabaremos decidiendo entre todos, eso sí desde la cueva y con el mejor acompañamiento posible: un valdepeñas
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